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Damas y caballeros, bienvenidos una vez más a este nuevo episodio.
Hoy es sábado 25, son las diez de la mañana y vamos a aprovechar una cosa: no me gustó cómo quedó el episodio anterior. Así que vamos a hacer una puesta en práctica y, de paso, os contaré qué tal fue la operación. Así matamos dos pájaros de un tiro.
Hacemos como que me froto las manos. (No puedo, porque tengo una escayolada).
Vamos al lío. Este episodio tendrá dos partes: primero, os contaré cómo viví yo todo el proceso y cómo salió la operación; después, nos iremos a la contraparte; es decir, a lo que normalmente se ve dentro de un hospital.
Empezamos.
Siguiendo las instrucciones del anestesista, dejé de comer seis horas antes y de beber dos horas antes. La última comida no recuerdo cuál fue porque ya ha pasado un tiempo. De hecho, este episodio ya lo había grabado antes, pero al hacerme la cura pude ver cosas con más detalle y decidí repetirlo.
Lo último que bebí sí lo recuerdo: una bebida isotónica casera que sirve para mejorar la eficiencia del cuerpo y la conductividad eléctrica. Si a alguien le interesa, puede hablarme por Instagram. No quiero divulgarla aquí porque se trabaja con dosis muy concretas y pasarse puede dañar el cuerpo.
Nos vamos al hospital.
Mi pareja y yo llegamos al bloque quirúrgico. Apenas esperamos y enseguida nos llaman para entrar. Nos llevan a una salita pequeña donde hay una camilla con reposabrazos. Aparece una enfermera y me da instrucciones::
— Quítatelo todo menos los calzoncillos, ponte la bata y espera.
Esa bata con la que hasta el más poderoso parece abandonado a su suerte.
Me cambio y, al rato, vuelve. Me coloca una banda elástica a modo de torniquete para ponerme la vía (quedaos con el detalle de la banda) y me conecta una bolsita con antibiótico. Me explica que es para evitar problemas durante y después de la operación, y se marcha.
Mi pareja y yo nos quedamos hablando un rato. Cuando la bolsa va más o menos por la mitad, regresan y me dicen que ya vamos a entrar. Mi pareja tiene que irse; le piden el número de teléfono para llamarla cuando todo termine. Entonces aparece un chico, coge la bolsita y dice:
— Vámonos.
Y allá vamos, andando hasta una zona llena de enfermeras y, supongo, también médicos. Me acomodan en otra camilla, cuelgan la bolsa y el chico me pregunta:
— ¿Tendrás frío? Dentro hace bastante frío.
— No lo sé —le respondo.
— Bueno, yo te pongo la manta por si acaso. —Y me da una manta que pesaba más de lo que abrigaba.— Vale, vamos para la anestesista.
Giramos un par de pasillos y llegamos a una sala enorme llena de espacios vacíos para camillas. Allí estaban un hombre y una mujer: el anestesista y su ayudante.
Ahí empecé a notar nervios y dolor. Los pensamientos ya me apretaban. Pero decidí algo: iba a pasar por aquello sí o sí porque quería recuperar la movilidad de mi mano. Imaginaba que sería doloroso —y no me equivocaba—, pero no quería que fuese traumático. No quería cargar con eso toda mi vida. Así que pensé:
“Por lo menos, voy a divertirme.”
Ese fue el cambio: no centrarme en el miedo, ni en la incertidumbre, ni en el dolor. Si tenía que pasar por ahí igualmente, iba a intentar pasármelo bien. Es difícil divertirse en un quirófano, sí, pero lo iba a intentar.
Respiro. Me relajo. Vamos con ello.
La diferencia es que yo nunca había vivido una operación así. Siempre había ido de urgencias: mareado, con fiebre o hecho polvo. Me veían, se asustaban, me operaban y luego observación o ingreso. Pero nunca antes había ido con planificación ni siendo consciente de todo el proceso.
El anestesista me saluda, me explica que me pondrá la anestesia y me coloca el brazo derecho formando un ángulo recto con el cuerpo. Me hace una ecografía y empieza a buscar los nervios con ella.
— Bueno, vamos a empezar.
Entonces aparece una aguja larguísima. Más o menos como un bolígrafo, aunque mucho más fina, claro. Mi reacción es:
— ¡Puff!
Él se ríe.
— No, hombre. Esto es para poder pincharte.
Claro, imagino que no la sacaba para asustarme.
Giro la cabeza para mirar la pantalla de la ecografía porque ese aparato me parece fascinante, y veo cómo la aguja entra en mi cuerpo buscando los nervios.
Cogía carrerilla.
Tiraba hacia atrás… pum, hacia delante.
Tiraba hacia atrás… pum, hacia delante.
Dolía bastante. Pero la imagen era curiosísima. Además, al haber decidido ignorar el miedo y prestar atención, ocurría algo raro: veía la aguja y, al mismo tiempo, sentía exactamente por dónde iba. Le consulto:
— ¿Te molesta si hago preguntas?
— No.
Y le pregunté por qué cogía carrerilla. Si era para atravesar algún tejido o para que la aguja entrase más recta. Me respondió:
— No, es porque lo único que rompe el tejido es la punta. El resto no hace nada.
Y pensé: “Oye, curioso.”
Entra entonces la enfermera con una jeringa llena de líquido transparente.
— ¿Estás?
— Sí.
— Ponme una.
— Te quedan ocho.
Mueve la aguja un poco.
—Ponme otra.
— Te quedan siete.
Y así sucesivamente. Me pinchaba el nervio y la otra iba contando: seis, cinco, cuatro… Luego cambiaba de nervio y volvía a empezar.
Mientras tanto me preguntaba:
— ¿Cómo notas la mano? ¿Y los dedos? ¿Los tocas? ¿Los sientes?
— Mira, estos dos no los noto, pero estos tres sí, me los puedo tocar sin problema.
Me hace mover la mano, observa y pide otra jeringa. Una nueva llena, entera. Otras ocho dosis más, aprox..
Y vuelta a empezar.
— Pon aquí.
— Te quedan ocho.
— …siete, seis…
En un momento me dice que el bíceps lo tenía muy abajo y no le gustaba cómo quedaba. Y yo, al girar la cabeza, veo que tenía toda la aguja metida dentro. Toda.
Y pensé: “Claro que noto que está muy adentro… ¡si tengo toda la aguja dentro!”
Así que decidí volver a mirar la pantallita, que era bastante más agradable. Finalmente termina, retira la aguja y dice:
— Vale, ya estamos.
Vuelve el mismo chico de antes y me lleva hacia el quirófano. Ahí noto cómo se me encoge el pecho otra vez. Pero inmediatamente pienso:
“No. No quiero ir por ese camino.”
Así que vuelvo a relajarme. Tengo que pasar por esto igualmente y no quiero que sea traumático.
Avanzamos recto hasta una especie de puerta transparente. No una puerta normal: imaginad la de un gallinero, esa tabla que se sube y baja. Pues igual, pero transparente.
Al otro lado había un hombre esperando. Me acercan con la camilla hasta una guía metálica y, de repente, me empujan para pasar al otro lado. Y yo, flipando:
— Qué guapo.
No me esperaba que desmontaran la camilla para montarme directamente en otra plataforma.
Seguimos avanzando y entramos en Quirófano 1. En el centro había otra camilla bajo las luces, un ordenador a un lado y mesas llenas de instrumental. Al fondo, una puerta doble con cristales redondos. Me piden:
— Pásate a la otra camilla.
Como puedo, con el brazo medio dormido, me cambio. Me acomodo… y empieza a aparecer gente. Mucha gente. 6-7 personas fácilmente.
Uno empieza a montar piezas en la camilla. Otro me coloca electrodos. Otro me revisa la pierna. Otro mueve las mantas…
Y yo me sentía como Iron Man cuando empieza a montarse la armadura encima de su cuerpo. O como en Starcraft cuando empiezan a colocarle piezas al personaje. Todo eran añadidos: el brazo, la pierna, las mantas, los electrodos…
Pensaba: “¿Por qué hay tanta gente aquí?”
Después aparece el anestesista y me avisa:
— Vas a sentir sueño.
Conecta algo en la vía. ¿Sabéis esos botes de omeprazol? Pues uno igual, pero al revés. Y empieza a bajar un líquido blanco. Estaba fascinado con ese líquido. Antes de poder preguntarle qué era… desaparece. Y me duermo.
No recuerdo nada más…
…Hasta que despierto.
Tenía una tela azul tapándome casi todo el campo de visión. Solo podía ver por un hueco a la izquierda. Veía mi brazo izquierdo y poco más.
Escucho al cirujano hablando con otra gente y pienso: “Ah, siguen al lío.”
Pero noto que el brazo izquierdo me quema muchísimo. Intento ignorarlo al principio, pero cada vez iba a más. Miro alrededor y veo una mesa llena de material, un ordenador al fondo, una silla y una puerta.
Entonces aparece un chico. Le hago un gesto para que se acerque y le digo:
— Me quema el brazo izquierdo.
Me mira sin tocarme.
— No tienes nada.
“Bueno, pues no tengo nada”, pensé. Y se fue.
Entonces escucho al cirujano:
— ¿Todo bien, Jesús?
— Sí. Sólo me quema un poco el brazo izquierdo.
— Vale, vale.
Entonces, decido preguntar:
— ¿Puedo mirar?
Dos segundos de silencio.
— Sí.
Me retiran la tela y veo a dos hombres y una mujer mirando al cirujano como diciendo “¿qué haces?”, “¿seguro?”. Él asiente.
Y entonces, lo veo.
Un corte enorme desde la segunda falange del 4to dedo hasta casi el centro de la palma. Una distancia de dos dedos de piel sin abrir en medio. Y otro corte desde ahí hasta dos dedos más allá de la muñeca. …Como un libro abierto. La piel separada. Todo expuesto y perfectamente visible, limpio de sangre.
Y yo:
— Qué guapo.
Silencio absoluto.
Y el cirujano responde:
— ¿Verdad?
¿Os acordáis del juego Operación? Ese en el que tenías que sacar piezas sin tocar el borde porque se encendía la nariz roja. Pues este hombre habría sido campeón mundial.
Empieza a enseñarme cosas:
— Mira, esto es un tendón. Esto otro… Y esto… [...] Y este es el que peor tienes.
Todos estaban inflamados, pero uno… era enorme. Literalmente del tamaño de mi dedo meñique. Inflamadísimo.
Entonces, acepto:
— Vale… Sí, puedes retirarlo.
Él responde:
— Los demás también están afectados. —No sé qué cara debí poner porque enseguida añadió:— Vale.
Entendió perfectamente que no quería perderlos.
Me vuelven a tapar. Yo pensaba que me dejarían seguir mirando, pero al parecer no es algo habitual.
Mientras tanto el brazo seguía quemándome cada vez más. Muchísimo más. Hasta que pasa una chica cerca y le digo:
— Perdona, ¿puedes mirar qué tengo debajo de la manga? Me quema mucho.
Levanta la tela y hace un “ah” aspirado de esos dramáticos, de cuando ves que algo no va bien.
Entonces me quita la dichosa goma que me habían puesto al principio para la vía. Había seguido apretándome como un torniquete.
Con razón no bajaba bien nada.
Aparecen dos enfermeras corriendo, sacan una crema y empiezan a masajearme el brazo arriba y abajo. Dolía, pero a la vez notaba alivio.
— ¿Estás bien?
— Sí. Sólo me quemaba.
Mientras me masajeaban, el cirujano pregunta:
— ¿Qué pasa?
Le enseñan la goma.
Silencio absoluto
Al rato, el dolor desaparece.
— ¿Ahora bien?
— Sí, gracias. Ya no duele.
Y como me aburría… me volví a dormir.
Más tarde despierto otra vez. Escucho quejas del personal sanitario sobre el trabajo y sobre la vida. Un hombre pasa, ve que estoy despierto y el cirujano vuelve a hablarme:
— ¿Cómo vas, Jesús?
— Perfecto.
— ¿Quieres ver?
— Sí.
Y otra vez me destapan.
Me enseña la mano abierta y empieza a moverme los dedos. Esta vez se estiraban completamente. Antes no podían…
— ¡Hostia, qué guapo!
La mujer que tenía al lado se ríe y asiente. Los demás sonríen, aunque imagino que aquello no debía ser muy habitual.
El cirujano me explica que intentó salvar los demás tendones porque yo no quería que los extirpara.
— Ya casi estamos. —Me vuelven a cubrir y, poco después:— Vale, te pongo los puntos y terminamos.
Al cabo de un rato me avisa:
—Jesús, ya estamos.
Miro y veo la mano cosida. Feísima. Sinceramente, me gustaba más abierta. Sé que suena raro, pero bueno.
Entonces empiezan a inmovilizarme el brazo. Un montón de manos sujetándome muñeca y antebrazo mientras colocan algodón, gasas de silicona, vendas, escayola… El cirujano hace una última foto y dice:
— Vale, ya estamos.
Todo el mundo empieza a desmontar cosas: electrodos, mantas, vías… Incluso me quitan otro torniquete del brazo derecho que ni sabía que llevaba.
Me pasan a otra camilla, vuelvo a atravesar “el gallinero” (porque sí, creo que se va a quedar con ese nombre) y al otro lado me espera el mismo chico.
— ¿Qué tal ha ido todo?
— Bien. Bien.
No sabía qué decirle. Yo no soy médico, pero para mí había ido bien.
De camino a la salita nos cruzamos con la enfermera que me había puesto la vía y olvidado la goma. Se lo comenté con cuidado, no para atacarla, sino para que estuviera preparada por si alguien le decía algo. Porque, sinceramente, quitando eso, fue de las mejores enfermeras que me han atendido nunca. Muy agradable, muy atenta, se tomó su tiempo… nada que ver con esas personas que te pinchan deprisa y parece que les da igual.
Llegamos a la salita, me cambian de camilla y al poco aparece mi pareja. He olvidado comentar que justo cuando el cirujano terminó, la llamó él mismo para avisarla.
Luego viene una enfermera con unos papeles y un cabestrillo para mantener la mano por encima del corazón.
— Ya estás. Ya te puedes cambiar.
Y nos vamos. Y de ahí salió la foto de Instagram.
Ahora viene la otra parte.
Imaginad que en vez de ir con la mentalidad que expliqué antes, hubiera ido lleno de miedo e incertidumbre. Pensando: “Tengo miedo”, “No sé qué va a pasar”, “No me fío de esta gente”, “Y si sale mal”…
Imaginad que, en lugar de pensar “todo va a salir bien; como máximo perderé un tendón”, hubiera ido atrapado en el miedo.
La operación habría sido exactamente la misma. Físicamente no habría cambiado nada. Pero la experiencia sí.
Me habría puesto nervioso cada vez que me dolía algo. Me habría tensado. Seguramente no habría querido mirar. Tal vez incluso le habría complicado el trabajo al anestesista.
Lo que cambió todo no fue la operación. Fue cómo decidí vivirla.
Y eso no solo me afectó a mí. Afectó también a toda la gente que estaba trabajando conmigo. Porque cuando tú haces preguntas, dices “qué guapo”, quieres mirar y estás relajado… los demás también se relajan. El ambiente cambia.
No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Si trabajas con un paciente y ves que no está entrando en pánico, automáticamente tú también relajas la tensión.
Y esa mentalidad podéis aplicarla a cualquier cosa de la vida; Dolor crónico. Una mala situación. Miedo a lo desconocido. Incertidumbre. Da igual. El miedo es normal. Tener miedo al dolor, a perder algo o a que pase algo malo es completamente normal.
Pero cuando vas con fe, con certeza y con un límite claro de “esto no va a definirme”, todo cambia.
Yo llevo 15 años con dolor crónico. La neuralgia del trigémino (la llamada enfermedad del suicidio) no es precisamente agradable. Y aun así tienes que aprender a mantener el control.
En mi caso no son episodios cortos: son muchos episodios durante periodos largos. Y necesitas mantener la mente fría. Necesitas desarrollo personal para controlarte.
Por eso creo que es fundamental aprender a gestionar emociones y pensamientos. Tengas dolor o no. Para casi cualquier aspecto de la vida.
Y eso es lo primero que quiero enseñaros.
Luego ya hablaremos de propósito, de encontrar aquello a lo que queréis dedicaros y de cómo construir una buena vida (o incluso una vida extraordinaria/increíble/ideal) con aquello que nos gusta. Pero primero viene aprender a controlarse y aprender a llevarse a uno mismo.
Todo
paso
a paso.
Damas y caballeros, ha sido un placer hacer este episodio.
Jesús Carrillo al micrófono, un saludo y hasta otra.
¡Si te ha gustado, deja tu comentario!
P.S.: ¡QUÉ PESADILLA, 7 DÍAS EDITANDO ESTO!

